literatura , lituma Lunes, 8 mayo 2017

Aquí puedes leer uno de los diálogos que Sócrates tuvo con una prostituta

Título original: Sócrates y las putas

Acabo de leer Guía para no entender a Sócrates de Gregorio Luri Medrano (Trotta, 2004), un docente universitario y, más relevante, maestro de primaria, que recopila, con erudición, anécdotas y chismes sobre Sócrates, fabulaciones nacidas de monjes medievales, teología musulmana del siglo X y otras delicias. Después de leer a Luri Medrano, uno puede recrear, fantasear, un día de Sócrates.

En el desayuno apenas intercambiaba monosílabos con Jantipa, su mujer, quien, mientras bebía agua y daba picotazos al pan, no comprendía a ese hombre buscado con insistencia por tantos estudiantes.

En la borrasca de anécdotas sobre Sócrates, hay quienes acentúan la imagen de maestro irónico, el «docto ignorante», curioso, mordaz y ácido; otros lo pinta como un franciscano vistiendo un único atuendo tanto en verano como en invierno, descalzo, negándose siempre a recibir dinero.

Esta vez desayunaba no con la cabeza en las nubes sino pensando en aquella “escuela de mujeres” levantada por Aspasia, una prostituta untada por las miradas lúbricas de los hombres. Jantipa se levantó de la mesa, comenzaba a moler en un mortero semillas de trigo y cebada, recriminándolo por ser un «maestro de la miseria» y Sócrates levantaba los hombros pensando ser más bien «un maestro del ocio».

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Ni bien escapaba del umbral de su casa, ya era rodeado por estudiantes. Ese día lo llevaron, medio en serio, medio en broma, entre risitas nerviosas, al mercado y Sócrates, los ojazos abiertos, comentó que jamás había imaginado que hubiera tantas cosas que él no necesitaba.

Siguiendo el camino y rodeado de más jóvenes, Sócrates apuró el paso rumbo a Gorgias, sofista, frívolo y gran retórico: Sócrates argüía que el mal sólo se ejercía por ignorancia; Gorgias ahogaba un eructo en el puño.

Al mediodía Sócrates proseguía interrogando sobre las frases hechas de las calles de Atenas, pero sin responder, sin construir sobre las ruinas, y enloquecía a los fanáticos que a veces irritadísimos culminaban los hermosos diálogos a patadas y puñetazos.

Aún con la orla azul del sol encima, un fisionomista se acercó y vio en la cara de Sócrates un saco de vicios y le dijo que poseía «los ojos de un pederasta»; los discípulos quisieron defenderlo del insulto, pero Sócrates los detuvo: «¡Un momento! El hombre no miente. Yo soy por naturaleza como dice, pero me domino»[1].

El comediógrafo Aristófanes (Atenas, 444 a. C.-385 a. C.) escribió que, en lugar de ayudar a parir ideas, Sócrates era un abortero[2]. Presentó a Sócrates como un charlatán inmerso en discusiones sobre si los mosquitos zumbaban por la trompa o el trasero.

Nada de esto alejó a los estudiantes del tábano de Atenas y, a la salida de una plaza, sus estudiantes, algo agitados, le preguntaron:

—Maestro, y al final, cómo es, ¿vale la pena casarse?

—Sócrates contestó: «se casen o no se casen, lo lamentarán»[3]

Al atardecer era visto paseando solitario, quizá renuente a volver a casa. Ahí las esculturales prostitutas Teodota y Calixta lo atenazaban para tomarle el pelo por esa inclinación suya de conversar con jóvenes y efebos.

«¿Eres consciente de que somos más poderosas que tú? Tú no podrías hechizar a ninguno de nuestros amantes, pero nosotras podemos hechizar a tus discípulos».

Detenido, acariciando sus barbas, Sócrates, retrucó:

«Es muy posible, es muy posible. Ustedes conducen a los hombres por un camino de pendiente muy dulce, mientras yo en cambio los fuerzo a seguir un rudo sendero, escarpado y agreste hacia la virtud»[4].

Proseguía su camino y un trecho más lejano, entre higueras y florecillas silvestres, lo emboscaba Aspasia, la más hermosa de las meretrices y muy solicitada en Atenas. No hay historiador que detalle la relación de Sócrates y las prostitutas, pero Sócrates conversaría sin prejuicios con ellas, deleitándose secretamente por el tintineo de ajorcas y pulseras.

Aspasia habría respondido las preguntas del filósofo mientras acariciaba y limpiaba sus propias piernas y pies chorreando agua desde una jofaina; una tira del vestido se deslizaría y se descubriría desnudo uno de sus hombros, y, con sus ojos chispeantes y burlones, dejaría a Sócrates chirriando los dientes:

«Nosotras, las putas, no somos peores que los sofistas a la hora de educar a los jóvenes»[5].   

En casa, de noche, Sócrates encendía la chimenea para mitigar el frío mientras Jantipa servía la mesa con uvas, higos y agua fresca. Jantipa significaba «caballo rubio» y era cuarenta años más joven que Sócrates; otras versiones la describen como una mujer de insólitas recriminaciones, cuyo agrio carácter crecía mientras Sócrates atizaba el fuego.

Después de cenar Sócrates frotaba sus manos en la chimenea, su mirada fulgía, recordó que le habían preguntado por qué eligió casarse y respondió: «Para ejercitar mi capacidad de sufrimiento»[6]. Ya con sueño vertió agua sobre las últimas brasas y rescoldos del fuego.

 

Bibliografía

ALCIFRÓN. Cartas a heteras. Versión en inglés, The letters of Alciphron. Aelian, and Philostratus with an English Traslation. Londres, 1949. Edición de A. R. Benner y F. H. Fobes.

ARISTÓFANES. Las nubes. Traducción de Elsa García Novo. Madrid: Alianza, 1987.

CASIANO, John. The conferences of John Casiano. Versión castellana: San Juan Casiano. Colaciones. Traducción de L. y P. Sansegundo, Madrid: Rialp, 1958.

LURI MEDRANO, Gregorio. Guía para no entender a Sócrates. Barcelona: Trotta, 2004.

WEISCHEDESL. W. Los filósofos tras bambalinas. Traducción de Agustín Contín. México. D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1974.

 

[1] John Casiano. The conferences of John Casiano. Conference 13, Chapter XIII, 5. p. 368. Versión castellana: San Juan Casiano. Colaciones. Traducción de L. y P. San Segundo, Madrid: Rialp,1958.

[2] Cfr. Aristófanes. Las nubes. Traducción de Elsa García Novo. Madrid: Alianza, 1987.

[3] W. Weischedel. Los filósofos tras bambalinas. Traducción de Agustín Contín. México. D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1974, p. 79.

[4] Cfr. Claudio Eliano. Varia historia. XIII-3. Miscelánea de anécdotas y datos biográficos.

[5] Alcifrón. Cartas a heteras. The letters of Alciphron. Aelian, and Philostratus with an English Traslation. Londres, 1949. Edición de A. R. Benner y F. H. Fobes.

[6] Gregorio Luri Medrano. «Sócrates, el presunto», en: Guía para no entender a Sócrates. Barcelona: Trotta, 2004, p. 56.

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