lituma Viernes, 6 enero 2017

No es otra publicación sobre la postverdad

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Todo sobre ti. Foto: thewrap

La postverdad fue la palabra más significativa del 2016 según el diccionario Oxford, pues enmarca los triunfos del Brexit y de Donald Trump y el rechazo colombiano al acuerdo de paz con las FARC, sucesos en que las emociones y las creencias personales se impusieron y aplastaron a los consensos básicos de la civilización que mal que bien viene buscando la convivencia equilibrada bajo la bandera de la tolerancia.

Durante el 2016 medios internacionales como The Indepent, The Economist y El País usaron el neologismo postverdad, y antes en el 2004 Ralph Keyes publicó el ensayo La era de la postverdad, tratando de explicar cómo se esfumó la verdad en esta era en que se rumorea y chismea más rápido, las estupideces corren como reguero de pólvora, y se atribuyen palabras y acciones a personalidades y nadie se toma el trabajo de corroborarlas, testearlas, verificarlas.

Acerca de la verdad, filósofos suspicaces han cuestionado las columnas sobre las que se alzan torres de dogmas, pero el 2017 comienza con un nuevo dato: la verdad ya no nos interesa, sencillamente es irrelevante. Escuchar y ofrecer razones es un ejercicio que provoca estridentes carcajadas en los demagogos. A las complejas disquisiciones de intelectuales, acaba de ganarles la carrera el smartphone de un analfabeto funcional. Y es que la postverdad está emparentada con la postmondernidad.

En 1980 la Bienal de Venecia reunió a pintores, cineastas y arquitectos y el eje común de esos artistas fue el desengaño ante los ideales de la razón humana y el desencanto en el progreso de la ciencia. Un periodista alemán diagnosticó el evento con la palabra «postmoderno». Postmodernos eran, en las artes, las obras agotadas sin ningún aporte ni novedad, obras de ridícula pirotecnia y ademanes farsescos. Sin embargo, el concepto fue fecundo entre intelectuales, ensayistas y mundo universitario que volvieron la mirada hacia La condición postmoderna de Jean-François Lyotard.

En las sociedades desarrolladas y capitalistas, informó Lyotard en 1979, se respiraba un aire enrarecido; los ciudadanos no creían ya en ningún relato de emancipación social y los ideales sociales del cristianismo, de la Ilustración, del liberalismo y del marxismo se desprestigiaron. Los martillos que rompían las cadenas del esoterismo se transformaban en nuevas cadenas. La postmodernidad no creía en nada, veía en la ciencia a la señora gorda del barrio que se abanica y gruñe nuevos dogmas susurrados por el capitalismo. Se cuestionó la imparcialidad del científico, pues sus experimentos podían ser financiados por trasnacionales cuyo interés era seguir convirtiendo nuestro planeta en una inmensa estación de gasolina. Y fue así como nos despedimos de los hechos. Por no calibrar la crítica.

Lyotard vaticinó que esas sociedades desarrolladas se desinteresarían del conocimiento pero invertirían, y mucho, en información para obtener ganancias. Y sucedió. La empresa privada ya no necesita arroparse de ideales, los socios capitalistas directamente desgarran y muelen. La pedagogía dejó de ser un resorte liberador y máquinas informativas reemplazan a los narradores que coloreaban e interpretaban los hechos a la luz de fecundas interpretaciones. Los jóvenes postmodernos fueron reemplazados por premodernos cuyos dioses son Facebook, twitter y whatsapp.

Desencantada, indiferente y aburrida ante la ciencia y legañosa frente a proyectos políticos, la nave de los postmodernos encalló en el individualismo y su tripulación desfiló hacia la boca del capitalismo goloso. Los premodernos de hoy de alta tecnología en cada tarjeta de crédito, colocamos dócilmente los cuellos en la guillotina.

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