lituma , noticias Domingo, 4 diciembre 2016

3 breves extractos de ‘Prosas apátridas’ para recordar a Julio Ramón Ribeyro, quien falleció un día como hoy

Conmemoramos hoy la partida de Julio Ramón Ribeyro (1929-1994). Alejado de la pose del intelectual snob de Lima, cuyos ojos están en las modas europeas y cuya arrogancia se descompone si un alemán no lo entiende, Ribeyro prefería caminar y observar las veredas de Lima atestadas de colillas de puchos retorcidas y aplastadas, y disfrutaba de los olores de las bulliciosas picanterías de los barrios populosos. En una época, obsesionado, como un sabueso, seguía los rieles del tranvía que dividía a Surquillo de Miraflores, o se detenía en Barranco y La Victoria, dos mundos tan ajenos como clandestinamente promiscuos.

En su escritorio, entre su máquina de escribir Olympia, torres de papeles, ceniceros copiosos y bebidas, el carbocillo rojo del pucho parpadeaba y Ribeyro aprovechaba su escaso tiempo leyendo a Balzac, Musil, Pavese, Nerval, Vallejo, Beckett, y volvía a torturarse en la máquina. Sin certezas, se burlaba secretamente de los académicos y de Hemingway le gustaba la ausencia de explicaciones. Una vez le preguntaron si recordaba haber hecho una maldad: «Escribiendo, sí». Nunca cultivó una sabiduría estéril y los días que no escribía eran un calvario. Encendía una nueva brasa de pucho, el vaporcito le calentaba, y a escribir.

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Imagen: Tumblr

Este aristócrata que renegaba de serlo, en París, fue obrero en una estación de ferrocarril y portero en un hotelucho sórdido. Vivió en carne propia las diez horas diarias de trabajo despiadado de brazos y piernas, sudar y tener un bozal de saliva en la boca, y exprimido retornaba al departamento —una guarida— adormecido, resignado, sin tiempo de leer ni de ir al cine. Transcurridos esos años dijo: «Los trabajadores en nuestro mundo llamado libre están como exonerados del porvenir y eso debe cambiar radicalmente»[1].

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Su obra recorre, además de cuentos precisos, novelas, un diario genial “La tentación del fracaso” y dos libritos de agudas reflexiones, “Prosas apátridas” y “Dichos de Luder”. En éste el narrador dice: «Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas»[2].

Cuando lo entrevistaban era un gato arisco. Las entrevistas le resultaban una pérdida de tiempo, las detestaba, eran un aburrido intercambio de fragmentos, de tinieblas y de excrecencias interiores. Quizá sentía que le robaban el tiempo y conversar con gente desconocida era un suplicio. Se intuye así en las entrevistas agudas del joven Jorge Coaguila. Ribeyro debió de palidecer y gozar con ese interrogatorio voraz de preguntas caníbales. «¿No le parece que en sus cuentos y novelas se percibe un cierto racismo?». Ribeyro contestó: «Un tipo una vez me increpó por qué mis personajes malos eran calvos y bajitos»[3].

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A mis once años, mi padre nos leía a mi hermano y a mí los cuentos de Ribeyro en un ritual nocturno, era su estrategia para hacer una tregua entre mi adolescencia feroz y su segunda juventud. En la cama, mi viejo daba con la entonación perfecta de una escritura precisa, y sin darnos cuenta Ribeyro nos envolvía y acunaba, a los tres, en la complicidad de ver, boquiabiertos, una ciudad polvorienta y personajes de caspa en el terno. Sin saber para qué, sin saber por qué buscábamos ese momento de lectura que nos reconciliaba, hechizados por el inventario de enigmas de Ribeyro.

Años después, en la universidad, leí «Prosas apátridas», un libro sutil de astutas reflexiones y sugiero leer tres de ellas. Ribeyro no tituló por separado sus prosas, aquí sólo evocó sus pisadas.

1. Si los gatos hablaran…

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Imagen: Wallpapersok

«A veces tengo la impresión de que mi gato quiere comunicarme un mensaje. La obstinación con que me observa, me sigue, se me acerca, se frota contra mí, me maúlla, va más allá que el simple testimonio de sumisión de un animal doméstico. Advierto en su mirada inteligencia, prisa, ansiedad. Pero nada podré recibir de él, aparte de estas señas enigmáticas. Entre él y yo no hay siglos, sino centenares de siglos de evolución y somos tan diferentes como una piedra de una manzana. Él, a pesar de vivir en nuestra época, sigue derivando en el mundo arcaico del instinto y nadie podrá comprenderlo sino los de su especie. Tendrán que transcurrir aún centenares de siglos para que la distancia que nos separa tal vez se acorte y pueda al fin entender lo que me dice, lo que seguramente no pase de un lugar común: hay una mosca, hace calor, acaríciame. Como cualquier ser humano, en suma»[4].

2-. Happy end

Imagen: Guioteca

Imagen: Guioteca

«Se reprocha a los escritores su inclinación a tratar temas sombríos, tristes, dramáticos, sórdidos y nunca o casi nunca temas felices. No creo que ello sea fruto de una preferencia, sino imposibilidad de sortear un escollo. Ocurre que la felicidad es indescriptible, no se puede declinar la felicidad. Es por ello que los cuentos populares y los cuentos para niños –e incluso los filmes norteamericanos happy end- terminan siempre con una fórmula de este género: “se casaron y fueron muy felices”. Allí el narrador se detiene, pues ya no tiene nada que decir. Donde empieza la felicidad, empieza el silencio»[5].

3-. Erudición y cultura

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Imagen: Placer al plato

«Lo fácil que es confundir cultura con erudición. La cultura en realidad no depende de la acumulación de conocimientos, incluso en varias materias, sino del orden que estos conocimientos guardan en nuestra memoria y de la presencia de estos conocimientos en nuestro comportamiento. Los conocimientos de un hombre culto pueden no ser muy numerosos, pero son armónicos, coherentes y, sobre todo, están relacionados entre sí. En el erudito, los conocimientos parecen almacenarse en tabiques separados. En el culto se distribuyen de acuerdo a un orden interior que permite su canje y su fructificación. Sus lecturas, sus experiencias se encuentran en fermentación y engendran continuamente nueva riqueza: es como el hombre que abre una cuenta con interés. El erudito, como el avaro, guarda su patrimonio en una media, en donde sólo cabe el enmohecimiento y la repetición. En el primer caso, el conocimiento engendra el conocimiento. En el segundo, el conocimiento se añade al conocimiento. Un hombre que conoce al dedillo todo el teatro de Beaumarchais es un erudito, pero culto es aquel que habiendo solamente leído Las bodas de Fígaro se da cuenta de la relación que existe entre esta obra y la Revolución francesa o entre su autor y los intelectuales de nuestra época. Por eso mismo, el componente de una tribu primitiva que posee el mundo en diez nociones básicas es más culto que el especialista en arte sacro bizantino que no sabe freír un par de huevos»[6].

 

[1] El poeta César Calvo entrevistó a Julio Ramón Ribeyro en 1971. Entrevista publicada en el diario Nueva Crónica y recopilada en el libro de entrevistas Las respuestas del mudo (Tierra Nueva, 2009) de Jorge Coaguila.

[2] Julio Ramón Ribeyro. Dichos de Luder. Lima: Jaime Campodónico, 1989, p. 43.

[3] Jorge Coaguila. Ribeyro. La palabra inmortal.  Lima: Jaime Campodónico, 1995, p. 65.

[4] Julio Ramón Ribeyro. Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2006 (1994), pp- 86-87.

[5] Julio Ramón Ribeyro. Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2006 (1994), p. 130.

[6] Julio Ramón Ribeyro. Prosas apátridas. Barcelona: Seix Barral, 2006 (1994), p. 27.

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